Splendor Veritatis

“La Belleza es el resplandor de la Verdad”

(San Agustín)

He aquí una nueva prueba: mientras la belleza está allí afuera, aún no la percibimos, pero una vez que se nos mete dentro, nos afecta. Por los ojos sólo pasa la forma; porque, ¿cómo iba a pasar la masa a través de algo tan pequeño? Sólo que, a la rastra de la forma, entra también la magnitud, no grande en masa sino hecha grande por la forma. Por otra parte, la causa creativa tiene que ser fea, o indiferente, o bella. Fea no podría serlo porque no hubiera podido producir su contrario, y, de ser indiferente, ¿por qué se habría inclinado más a lo bello que a lo feo? La verdad es que la naturaleza, que produce obras tan bellas, es ya de por sí bella, y lo es con gran prioridad; pero nosotros, que no estamos acostumbrados ni sabemos ver nada de lo del interior de las cosas, corremos tras lo de fuera, desconociendo que es lo interno lo que nos mueve. Nos pasa lo mismo que si uno, mirando hacia su propia imagen, tratase de darle alcance desconociendo el original de dónde proviene.

Que es algo distinto de lo que se busca y que la belleza no reside en la magnitud, lo muestra la belleza de las ciencias, la de las ocupaciones y, en general, la existente en las almas; y aquí sí que la belleza es más real, cuando descubres sabiduría en alguno y te maravillas, si no lo miras al rostro -que muy bien puede ser feo-, sino si, prescindiendo de toda configuración exterior, vas tras su belleza interior. Porque si no es esta belleza la que te mueve y la que te hace decir que ese ser es bello, tampoco podrás, al mirarte a tí mismo por dentro, complacerte contigo como bello.

Si esto es así, en vano trataréis de buscar aquella Belleza; eso sería buscarla con una vista afeada y no limpia. Y por ello, las reflexiones sobre tales temas no se dirigen a todos los hombres. Pero si te has visto interiormente bello a ti mismo, ponte a rememorar.

imagen: Hendrik Kerstens

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¿De quién recibe el Alma su belleza, tanto la adquirida como la connatural con su esencia? Nosotros mismos, cuando somos bellos, lo somos por ser de nosotros mismos. Por el contrario, somos feos cuando nos transformamos en una naturaleza extraña. Y somos bellos cuando nos conocemos, feos cuando nos desconocemos.

Plotino. Enéada V, 8 (31)

“Porque es fácil la vida en esa región.

La verdad es su madre, su nodriza, su sustancia y su alimento.

Los seres que la habitan LO VEN REALMENTE TODO, no sólo las cosas a las que conviene la generación, sino las cosas que poseen el ser y ellos mismos entre ellas.

Porque todo es aquí diáfano y nada hay oscuro o resistente. Todo, por el contrario, es claro para todos, todo, incluso en su intimidad; es LA LUZ para LA LUZ.

Cada uno tiene TODO EN SÍ MISMO y VE TODO EN LOS DEMÁS, de manera que todo está en todas partes, todo es todo, cada uno es también todo y el resplandor de la luz no conoce límite. Cada uno es grande, porque LO PEQUEÑO ES IGUALMENTE GRANDE.

El sol es aquí todos los astros y cada astro es, a su vez, el sol y todos los demás astros. Cada uno tiene algo sobresaliente, aunque haga manifiestas todas las cosas.

El movimiento que aquí se da es movimiento puro, puesto que su motor no le confunde su marcha al no ser distinto de él. El reposo, por su parte, tampoco se ve turbado por el movimiento, porque no se mezcla con nada inestable.

Y LO BELLO ES ABSOLUTO, porque no se contiene en algo que no es bello. Cada uno no avanza sobre un suelo extraño, sino que, en el lugar donde se encuentra, es verdaderamente él mismo; y a la vez, cuando mira hacia lo alto reúne también en sí mismo el lugar donde proviene. Él mismo y la región que habita no son, por tanto, dos cosas distintas; porque su sujeto es la Inteligencia y él mismo es inteligencia.

Pensad por un momento que este cielo visible, que es luminoso, produce toda la luz que proviene de él. Aquí, ciertamente, de cada parte distinta proviene también una luz distinta, siendo cada una tan sólo una parte; allí, en cambio, es del todo de donde proviene siempre cada cosa, que es a la vez, e igualmente, el todo.

Porque si bien es cierto que la imaginamos como una parte, también podremos verla como un todo si la miramos con agudeza. Ocurre con esta visión lo que con la de Linceo, que, según se dice, veía incluso lo que hay en el interior de la tierra; porque la fábula, al fin, quiere insinuarnos enigmáticamente cómo son los ojos en la región inteligible.

No hay allí, en efecto, ni cansancio ni plenitud de contemplación que obliguen al reposo; PORQUE TAMPOCO TENEMOS UN VACÍO QUE CONVENGA LLENAR NI UN FIN QUE HAYA QUE CUMPLIR.

No distinguiremos allí un ser de otro ser, y ninguno de ellos se verá insatisfecho con lo que corresponda a otro, porque en esa región los seres no conocen el sufrimiento.

Plotino, Enéada V, 8 (31) 5